Un relato boccacciano

El maese flamenco Jan van der Glas, sabio en el arte de los pigmentos, concibe en su genio capturar el esquivo color de la transparencia y, para atraer la atención del ilustre Duque de Bolonia, le envía como obsequio una pintura extraordinaria: una gota de agua sobre una hoja de sauce que parece palpitar con vida propia. El Duque, encandilado por la maestría de Jan, le encarga inmortalizar las perlas de su amada en un retrato.

El nuevo secreto de los pigmentos revelado por van Eyck, quien con destreza perfeccionó la técnica mezclándolos con aceites para crear colores vibrantes y acabados brillantes y duraderos, no parecía ser el único enigma por descifrar. Hecho ello, y luego de debates y discusiones entre pintores y artistas durante lustros, el secreto inexplicable de las capas translúcidas permanecía sin resolverse. Hubo, según he oído, sin embargo, en el Flandes, un afamado pintor llamado Jan Van der Glas, cuya destreza con los pigmentos era tal que algunos le acusaban de alquimista y otros de brujo. Según lo cuentan, llegó a dominar el color de la propia transparencia.

En la próspera ciudad de Brujas, en los días de fervor comercial y murallas que resguardaban mercaderes y artistas, vivía el tal van der Glas. Ni famoso ni opulento, pero con la fama de sus habilidades para detalles finos, Jan trabajaba hasta veinte horas por día en perfeccionar sus especialidades y destrezas. Muchos, incluso algunos de sus resignados detractores, decían que bajo los pelos de sus pinceles las alas de los ángeles parecían más reales que las propias plumas de las aves que sobrevolaban las calles de Steenstraat y Vlamingstraat.

Para Jan, poca cosa representaban tanto las alabanzas de los hombres como los florines que nobles dejaban caer con la ligereza de quien suelta una piedra en el río, aunque estos últimos no dejaban de ser necesarios para sostener al menos su arte. Lo que anhelaba era una mayor proeza: crear el color de la transparencia. No el blanco ni el azul difuso de la lejanía, sino la esencia misma de lo que no se ve pero está. Llegado el día, díjose a sí mismo al fin: «¡La transparencia! ¡Solo la transparencia!» y volcó su mirada hacia las gotas de rocío sobre las hojas de un longevo sauce. Frecuentemente volvía a aquel lugar y repetía la misma frase, para luego pensar en que si lograba plasmar la transparencia en óleos su nombre viviría más allá de las arenas del tiempo.

Sin contarle a su paciente esposa Marieke, encerróse por largos periodos de aislamiento, donde toda ayuda era vana porque el maese confiaba más en la abstracción que le otorgaba la soledad. Ni su propio aprendiz, Maarten, ni Marieke estaban autorizados para ingresar al taller durante dichas semanas. La joven mujer ya le había advertido: «Jan, así no se gana la vida un artista. Duques y duquesas solicitan retratos de santos o de damas introspectivas con más oro que virtudes, no juegos de locura y colores imposibles». 

—La nobleza pide lo que conoce, Marieke. Pero yo les daré lo que nunca soñaron —respondió a ello Jan—. Estamos, por su causa y preferencias, en una situación pésima porque solo intentamos satisfacer lo que ellos nos piden, y no lo que ellos podrían querer más. Incluso tal podría ser la seducción hacia ellos que el provecho podría quintuplicarse, según mis cálculos. Nunca he sido pesimista, y esta vez tampoco lo seré. Querida Marieke, tened fe en mí y en el color de la transparencia que me he propuesto capturar. Estarás orgullosa de mí y finalmente, tendremos la tranquilidad de familia que merecemos.

Jan Van der Glas, cuya fama fue tanta que no solamente le hizo llegar de artista afamado tanto a duques como sacerdotes, sino también lograr mucha repercusión en Florencia y la Toscana entera, habiendo en diversas tierras y castillos ganado prestigio más que oro, y necesitando, por lo que Marieke llevaba en el vientre, una buena cantidad de dineros, no viendo otra forma de poder tenerlos, le vino a la memoria el rico Duque de Bolonia, quien tenía una esposa cuyos pendientes de perlas de mágica iridiscencia y profundidad óptica eran su debilidad; por lo que, apretándole la necesidad dedicóse por entero a encontrar el modo de satisfacer aquella obsesión, y así pues se le ocurrió entonces enviarle al duque un regalo.

Entonces, se embarcó en este nuevo reto. Y así, él, no sabiendo ni sospechando el resultado final, mezcló día tras día pigmentos, aceites y resinas. Probó desde la finura de la miel hasta la esencia de la cebolla hervida, e incluso descomponía con ácidos las cortezas de los árboles. Maarten, que era el encargado de limpiar el desorden de frascos rotos y manchas de aceites, se atrevía a sugerir: 

—Maestro, ¿y si la transparencia no se pinta con más colores, sino con menos? ¿Y si la ausencia es la que la crea?

—¡Niño tonto! La ausencia no se pinta, se esconde. Y lo que quiero no es esconder, sino mostrar lo que no se muestra —replicó Jan con furia.

Entonces su trabajo bajo estrellas y soles se extendió por semanas y meses. Corría ya el rumor entre los mercaderes y las lavanderas de los ríos:  «El pintor se ha vuelto loco», decían. «Anda tratando de pintar lo invisible», se burlaban otros. Los niños lo llamaban «Jan el Fantasma» y las ancianas señalaban su taller como si en él habitase un alquimista herético.

Una noche, contemplando la luna y viéndose solo, cayó en el convencimiento de que había fracasado en su intento; Jan se halló vencido. Sentado frente a uno de sus caballetes, no esperando sino a que apareciera el color de la transparencia frente al lienzo, un lienzo sin mácula, donde cada intento terminaba transformado en cenizas o en un trapo de limpieza, díjose a sí mismo: «He fracasado». Cuando hubo salido de trance, en ese preciso instante, Marieke entró con una vela en la mano.

—No hay color que pueda ser lo que no es. Soy un necio, y mi sueño, una ilusión de soberbia —le dijo Jan y enseguida se puso a pensar que el tal Duque de Bolonia no disfrutaría nunca de su fama de maestro de los pigmentos y colores de magia.

Su mujer, al contemplar aquella escena como la compañera que siempre había sido, en las buenas y en las malas, en principio no dijo nada, pero como si hubiese sido bendecida con la epifanía perfecta, puso la vela en una esquina de la habitación y, con sus dedos gastados de lavar la ropa en el río, tomó una copa de cristal. La levantó frente a la llama, dejando que la luz del fuego traspasara el cristal y se refractara en colores que se proyectaron sobre la pared. 

—¿Ves, esposo mío? La transparencia no se busca en la pintura, sino en la luz— dijo Marieke con voz serena. 

Más sorprendido que complacido por el consuelo de su esposa, Jan abrió los ojos con un brillo que parecía de iluminación divina. Sin decir palabra, se levantó y abrazó a su esposa. Luego, miró la pared, donde la luz se fragmentaba en rojos, verdes y violetas y entendió, al fin, que el color de la transparencia no era uno, sino todos. 

Al día siguiente, Jan volvió a los lienzos con la fe renovada. No buscó más pigmentos ni nuevas mezclas, y con pinceladas suaves, dibujó la esencia de las gotas de lluvia cayendo sobre una hoja de sauce, cada una reflejando un mundo en su interior. No eran invisibles, no eran fantasmas, como acaso aquellos del fracaso que en un momento lo invadieron; eran como diminutos espejos que reflejaban, a su modo, el vasto mundo entero.

Cuando la obra estuvo terminada, la expuso en la plaza de Brujas. Los mercaderes, que al principio se reían, guardaron silencio. Las ancianas, que antes lo señalaban con burla, hicieron la señal de la cruz. Y los niños, con la inocencia que todo lo ve, dijeron:«¡Mira, parecen gotas de verdad!». Y fue luego de regocijarse entre los habitantes de Brujas, entonces, que decidió enviarle la obra al Duque de Bolonia como el obsequio que finalmente confiaba fuese capaz de otorgarle el desahogo que tanto él como su esposa juzgaban merecer.

Dos semanas más tarde, llegó un emisario del duque, portando una bolsa de monedas y un encargo para Jan.: «Píntame las perlas de mi amada, y que cada perla tenga la transparencia de esas gotas». Aunque a Jan Van der Glas parecíale un reto duro de cumplir, con la paciencia del hombre que ha visto la verdad, finalmente aceptó. Esta vez no buscó el color imposible. Se dedicó a entender la luz, a acariciarla con sus pinceles, y con cada reflejo de perla, su nombre se grabó en la memoria de Brujas y en la de la pintura flamenca.

Porque, según se dice ahora, al final, el color de la transparencia no se crea. Se revela.


2 respuestas a “Un relato boccacciano”

  1. Avatar de Germán Carvajal
    Germán Carvajal

    ¡Gran relato Antonio! 🤩✊

    Le gusta a 1 persona

    1. Muchas gracias, mi gran amigo.

      Me gusta

Replica a Antonio Roig Cancelar la respuesta