Papel maché

Llevaba más de un año sin tomar vacaciones. Siempre he vivido cerca de la costa y, aunque he tenido temporadas lejos, siempre regreso al mar por alguna razón. Me gusta el jazz y viajar solo para pensar en mí mismo y en mis problemas. Pero esta vez surgió la idea de viajar juntos. Nuestra vida en pareja era relativamente armoniosa, aunque no perfecta. No éramos unos adolescentes: yo bordeaba los treinta y cinco años y ella había pasado los treinta. Nos habíamos conocido dos años atrás y desde el principio nos llevamos bien. Poco a poco comenzamos a hacer planes juntos, que ella fomentaba y, honestamente yo no tenía queja alguna al respecto. Me dejaba llevar. Entre los muchos planes que teníamos, había uno en particular que surgió casi al mismo tiempo que nuestra relación: visitar La Habana.

El viaje llegó a entusiasmarme al principio. Tomamos un vuelo directo de cinco horas, y aunque recuerdo poco del aeropuerto, sí puedo evocar los autos Lada y los almendrones que me hicieron sentir como si hubiera retrocedido en el tiempo. En apenas tres o cuatro cuadras, desde el aeropuerto hasta nuestro hotel, vi espectaculares Plymouth, Mercury, Oldsmobile y Cadillac. Los había celestes, beige, granate, verde esmeralda y algunos más chillones, rosados o incluso rubí intenso.

—¿Contenta? —le pregunté.

—¿Y tú? —respondió ella.

—Yo te hice la pregunta. 

Ella miraba a través de la ventana.

Me dirigió una débil sonrisa que, de cierta manera, me dejó tranquilo. Las últimas semanas habíamos estado en desacuerdo. Las discusiones podían surgir por cualquier motivo, temas que luego de unas horas ni siquiera recordábamos. Luego, quedaba el silencio.

Mientras recorríamos las calles, su vestido de seda contrastaba con las grietas del cuero del asiento. Afuera, el desfile de autos antiguos clásicos nos seguía sorprendiendo. Nuestro primer paseo fue por los alrededores del hotel en busca de un lugar para tomar un café. Ella insistió en llevar la cámara, aunque yo prefería caminar, mezclarme con la gente, pasar desapercibido. Un hombre con un estuche de violín intentó cruzar cuando nos disponíamos a tomar una foto de acera a acera, aprovechando una pared celeste como fondo. Sostenía un cigarrillo en una mano y debajo del otro brazo llevaba el estuche de cuero marrón. Usaba bigote y unas gafas que parecían pince-nez. Al vernos, se detuvo y, aunque le cedimos el paso, insistió en que continuáramos. Sus cabellos blancos y su guayabera crema hacían un armónico contraste con la pared celeste de fondo.

—Saldrá una bonita foto —nos dijo.

Le agradecimos el gesto y, mientras nos acomodábamos, nos preguntó de dónde éramos. Tomamos la foto y después de responderle, él continuó:

—La tierra de César Vallejo.

—Y de Vargas Llosa y Blanca Varela —le respondí con una sonrisa.

—¡Madre mía! ¿Y qué hace una pareja tan simpática por aquí?

Hubo un breve silencio y ella se quedó mirando algo en aquella pared celeste y —reparé en ese instante— agrietada también. Nos habló con mucha amabilidad de ciudades y de comida. Aunque en general tenía buen aspecto, sus zapatos lucían algo desgastados y con hendiduras. No parecía mayor de sesenta años, pero una arruga profunda que le cortaba la frente sugería que los sobrepasaba.

Eso sucedió un sábado. Nosotros habíamos llegado el viernes y apenas conocíamos la ciudad. Nos acompañó a tomar un café. Era un tipo simpático, conversador, y no puedo decir que me sorprendiera su actitud porque en general todos eran muy amables por allí. Nos sentamos en un local de arquitectura neoclásica frente a una pequeña plaza.

—Un cortadito para cada uno —ordenó.

Hablamos sobre la historia de Cuba. Le narramos la experiencia del taxista que nos llevó del aeropuerto al hotel, un veterano de la intervención militar cubana en Angola que había resultado herido en combate y cuyo auto Lada, en el que nos transportó, había resultado un premio del gobierno. No pareció sorprenderse y tampoco añadió ni una palabra al respecto. 

—Entonces, usted es violinista —le dije.

—¿Lo dice por esto?

—Sí, el estuche.

Soltó una carcajada y se tomó el segundo cortado de un solo sorbo. Abrió el estuche y sacó un violín agrietado y de un color que generaba dudas.

—Es un violín de utilería. Está hecho de papel maché.

—Qué hermoso —comentó ella.

Fue algo que realmente no esperábamos. Pero lo que más me sorprendió fue sentir que todo ese tiempo él había esperado que preguntáramos por su violín. 

—Soy director de teatro —añadió—. Iba camino a un ensayo, pero siempre hay tiempo para nuevos amigos.

Continuamos conversando durante diez o quince minutos más y nos despedimos. Nos invitó a la función de las ocho de la noche, pero ambos sabíamos que no tendríamos ánimo para asistir. Luego de despedirnos de él seguimos caminando, intentando llegar al malecón. Ella iba delante, en silencio, cuando se volvió hacia mí:

—No aguanto más esta situación.

A nuestro lado, en el pavimento deteriorado de la calle, un automóvil evitaba un profundo bache a baja velocidad. Fue el único automóvil negro que vi en La Habana.


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