El tordo no parpadea

El aire de aquellas tardes de julio y agosto, en casa de mis padres, olía a tierra húmeda y a hojas recién regadas. Durante esos meses, solía llegar de la escuela primaria un poco más temprano, apenas pasadas las dos de la tarde, justo cuando el estómago de cualquier persona decente ya estaría rugiendo por algo de comer. Pero comer no era lo primero que yo hacía al llegar a casa. Todos los días luego de clases, antes del almuerzo, me sentaba en el césped a jugar con mis coches metálicos Matchbox o con figurines de soldados de la Segunda Guerra Mundial. Ese momento no duraba mucho, pues comer era —evidentemente— una obligación que siempre terminaba transformándose en un tormento. 

Ya sentado en la mesa (era un juego de comedor Chesterfield), mientras intentaba pasar cada bocado de carne, papa o arroz, colocaba mis coches y soldados en la mesa, apostados al lado de la sopa o del plato de fondo, como una suerte de compañía improvisada. Aun así, sentía mayor cercanía con las palomas y las cuculis que siempre rondaban el jardín. Quizá porque aprendí a convivir con su presencia, o porque fue mi padre quien me enseñó a darles migajas de pan todas las mañanas antes de salir hacia la escuela. 

Lo que ocurrió aquella tarde fue motivo de carcajadas en los futuros almuerzos familiares. Siempre era mi hermano el que contaba la historia, como si la broma la hubiese inventado él. ¿La broma dije? En realidad, fue todo menos una broma, de la que pocas veces recuerdo haberme reído. 

Aquel día, el gris del cielo comenzaba a filtrarse por las cortinas del comedor. El plato frente a mí era el protagonista, con las papas y los trozos de carne ya fríos. No recuerdo el número exacto, pero debí de haberme parado más de cinco veces de la mesa masticando un bocado ya insípido, y seguro que desgastado de color. Me acercaba a la mampara, observaba a las cuculis picotear las últimas migajas en el jardín y volvía a la mesa a reacomodar mis soldaditos. La mayoría de los pájaros retomaban vuelo con mis movimientos, pero había uno, un pequeño tordo renegrido, que no se inmutaba con mi presencia. Se posaba detrás de la mampara cada tarde, silencioso, mirando a través del cristal. Observándome. Y en lugar de pasar bocados, yo lo observaba observándome.

Llevaba más de dos horas sentado allí. Pienso que un jardín que recibe la visita de tordos es difícil de olvidar: tienen un canto de notas líquidas y silbidos, una melodía de sonidos melancólicos pero vibrantes. Quizá era eso lo que me hipnotizaba y me hacía olvidar el almuerzo. «Un problema alimenticio», diría, en cambio, aquel tío que también era doctor, pero gordo e idiota. La empleada de la casa, parada bajo el umbral de la puerta, observaba cruzada de brazos. Había probado con su propia amabilidad y advertencias suaves, pero nada parecía animarme a terminar el plato. De hecho, ni siquiera llegué a tocar la ensalada fría de fusilli que me sirvieron de entrada. Reconozco que me gustaban los fusilli, pero con mantequilla y queso. Nunca fríos.

Mi padre llegó a la misma hora de siempre. Sus pasos llenaron el pasillo, y en pocos segundos apareció y se detuvo frente a la mesa. Su rostro cansado, vestido aún con uniforme blanco, reflejaba un día largo y pesado. 

—¿Qué haces aquí todavía? —me preguntó.

Mantuve la vista baja, inmóvil (pensé en el tordo) y fui incapaz de moverme. Sabía lo que vendría. Sentí el peso de su mirada sobre mí, y mi garganta entró en un estado en el que cualquier intento por tragar era imposible. Mi padre se acercó, arrastrando la silla a su lado, y se sentó. El sonido de la madera al moverse sobre el suelo raspó contra el silencio, como si arañara el aire de aquel comedor. Se inclinó hacia mí y advertí su aliento aún impregnado del olor a enjuague bucal.

—¡Termina el plato! —ordenó, sin moverse.

Intenté llevarme otro bocado a la boca, pero no pude. Las papas parecían expandirse en mi garganta. Mi corazón latiendo fuerte, mis manos temblorosas. Miré de reojo hacia la mampara; el tordo seguía allí, pequeño y ermitaño. Observando. Observándome.

—¿Solo la carne? —pregunté.

Entonces, por el corredor de la sala, apareció la silueta de mi hermano mayor.

—¡Todo! —espetó mi padre. 

Lo volví a intentar, pero no pude. Así pasaron cerca de diez minutos hasta que cualquier intento por pasar un bocado se transformó en asco. Una mezcla de náuseas y hartazgo. De pronto, mi padre, en un acto de ira, golpeó la mesa con la palma abierta. Los dos cubiertos vibraron. Di un brevísimo pero intenso salto.

—¡Carajo! —gritó, dirigiéndose a mi hermano—. ¡Tráeme una vela para desatorarlo!

Sus palabras sonaron como un vuelco en mi corazón. Mi desesperación se desbordó, empecé a sudar frío. Sentí el impulso de escapar. Entonces, con el miedo palpitante, me levanté, dejando caer la silla, y salí corriendo hacia la puerta apenas viendo por dónde iba.

El aire fresco de la calle golpeó mi rostro, pero no me calmó. Seguí corriendo, sin rumbo, sin saber a dónde ir, mientras las lágrimas empezaban a brotar de mis ojos. Tras de mí, escuché los pasos apresurados de mi hermano y luego un llamado.

De pronto, me vi rodeado por sus brazos, con toda su fuerza. Aún sollozaba, pero fue su abrazo lo que me mantuvo firme.

—Tranquilo —me dijo—. Ya se fue a tomar una siesta.

Respiré hondo, el temblor en mi cuerpo poco a poco fue cediendo. Sus palabras fueron como un bálsamo, un lugar seguro. Mi mundo seguía siendo hostil, pero por un momento encontré un breve refugio en medio de la calle.


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