Ürhald

Hoy, caminando por Las Vegas, una vagabunda me pidió un cigarrillo con la naturalidad de cuando uno pide la hora. Cuando decidí darle dos, sus uñas sucias y dedos de áspera y seca apariencia me confundieron por unos instantes: sentí que la pulcritud fuera el único camino que regulase el goce de la vida. Pero eso aparentemente no es cierto -al menos para un país como Urandia (Ürhald en lengua original). Su escuela económica se basa en vivir pidiendo, unos a otros, todos a todos, como lo hace un animal a otro, sin importar apariencias. Y hay aparentemente una forma de autorregulación.

La doctrina humanista de la región de Loch Ardnoch (Escocia) niega la idea de la limpieza en el entendimiento puro del ser humano moderno: somos animales y podemos vivir como animales, una fórmula que parece tener muchas similitudes con la moral en Urandia, donde la frase «¿me podrías dar?» no es aceptada pues supone la opción de no dar. Por otro lado, existe la escuela francesa moignanista que sin aceptar abiertamente dicho pensamiento llega a la conclusión de que una economía de vagabundos puede ser sostenible y hasta exitosa en el sentido más epicúreo1.

Yo nací en Urandia, pero fuí criado muy lejos de ahí. Hoy lo recordé claramente.

1 THEODORE MOIGNE (La economie du vagabond : l’esprit et le centiéme, 1984, pág. 168) supone una economía con una mínima necesidad de moneda y basada en la generosidad natural del ser humano.


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