Hazme recordar

Nosotros éramos tres estudiantes de MBA tomando un vuelo de Washington D.C. a Boston. O de Boston a Washington D.C. Ese detalle realmente no lo recuerdo, o incluso podría decir que《no me interesa recordarlo》. Porque si yo no recuerdo algo o a alguien sencillamente me cago en los bigotes de Plekszy-Gladz y prosigo. Ese día, mientras Ahmet, Peter y yo hacíamos cola para abordar nuestro vuelo, lo vi cerca de los sanitarios de la sala de embarque. Él y Patricia acababan de llegar en el mismo cacharro a hélice que mis dos compañeros y yo estábamos a punto de tomar con destino contrario. Decidí acercarme, mientras él, con ese abrigo largo, con esa pose de general sin guerra, esperaba a su esposa salir del baño.

—Buenas noches, Mario —le dije tendiéndole la mano.

Él me tendió la suya con absoluta cortesía, como quien ha saludado presidentes, reyes, Papas y princesas, pero con la duda del conferencista fatigado que debe firmar libros a estudiantes entusiastas. Entonces, me respondió con la misma cortesía:

—Hazme recordar —arrastrando la primera y última sílaba, como si mordiera una colilla encendida.

Le dije algo, pero no es lo que hoy me interesa evocar. Honestamente.


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