Hay una frase en El asunto Tornasol, una de las series de Tintín, que siempre me generó gracia y posteriormente algo de intriga: «¡Por los bigotes de Plekszy-Gladz!». Plekszy-Gladz es el nombre del dictador de Borduria, uno de los países ficticios, que junto con Syldavia, son terreno para las intrigas y aventuras que enfrentan Tintín y el Capitán Haddock para rescatar a su amigo, el Profesor Tornasol, de manos de un régimen autoritario. A mis diez años, referirme a Plekszy-Gladz representaba el mismo acto de ocurrencia que repetir una de las famosas frases de Haddock: «Bachi-buzuk de los Cárpatos». Era, en esos días en los que bañarme luego de la escuela resultaba una tortura, algo más onomatopéyico que una muestra de sentido en otro plano.
Tales expresiones, sobre todo si uno las lee de niño, son de ésas que pueden servir para reirse en complicidad con otro amigo fanático de las aventuras que nos dejó Hergé. Yo me precio de ser un gran admirador de Tintín, al punto de repetir diálogos y frases como las de Haddock y el líder de Borduria por la sencilla y llana razón de celebrar mi estatus de apasionado seguidor. Pero es cierto que, a veces, la burda ignorancia humana nos da sorpresas. De aquellas en las que, con el agravante del dios Cronos, suficiente tiempo ha pasado como para sentirse verdaderamente tonto.
El descubrimiento me ocurrió a mis veinte y pocos años: Plekszy-Gladz, más allá de ser una exclamación que parecía cómica, representa el típico dictador de un régimen totalitario. Aunque entiendo que Hergé nunca lo confirmó explícitamente, Plekszy-Gladz parece inspirado no solo en Iosif Stalin (por su bigote y el culto a la personalidad), sino también en otros líderes autoritarios como el dictador yugoslavo Tito. En la trama, el régimen borduriano impone un culto a la personalidad exagerado, donde su bigote se convierte en un símbolo omnipresente, similar a cómo la imagen de Stalin dominaba la propaganda soviética. Incluso, el nombre de sus partisanos, «los bigotistas», tiene claros guiños con los Ustachas croatas. No extraña entonces que la expresión «¡Por los bigotes de Plekszy-Gladz!» sea utilizada por los bordurianos como una forma de exclamación patriótica que impone la figura de su líder en la vida cotidiana. En cualquier caso, no es una casualidad tampoco que Plekszy-Gladz lleve tal mostacho curvo y elongado o que el saludo que le rinden sea un hitleriano «¡Amaïh Plekszy-Gladz!».
A medida que fui creciendo y releí El asunto Tornasol, mis referencias fueron evolucionando, principalmente, debido a mi interés por la historia bélica de la humanidad: leía en revistas y enciclopedias mucho acerca de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, sin duda, por la influencia de mi padre y de series de televisión como Combat! o el Superagente 86. Empecé a darme cuenta de que aquel dictador bordurio y su entorno de uniformes militares elegantes no eran más que meros adornos narrativos. Entonces entendí que Borduria era una sátira de los regímenes comunistas de la Guerra Fría, con una estructura de gobierno militarizada y un culto a la personalidad en torno a su autoritario líder. Todo hasta ahí resultaba natural para alguien de mi edad: un adulto joven universitario. Pero claro que no para un niño que aún no ha alcanzado el nivel de lectura e interpretación para ello.
En todo caso, no creo que haya estado mal leer El asunto Tornasol durante mis años de educación primaria. Sin embargo, solo el hecho de que el nombre (The Calculus Affair en inglés y L’Affaire Tournesol en francés) en sí suene a película de film noir —en la que todos fuman y los personajes masculinos usan sombreros fedora— no resulta una casualidad, pues por momentos se siente que las viñetas podrían estar en blanco y negro. Pero eso lo pienso ahora, después de leer sobre historia y ver películas de The Criterion Collection que debía conseguir en tiendas especializadas. ¿Se puede entonces leer El asunto Tornasol de niño? Pues sí, pero no creo que se disfrute como lo hice a mis veinte o incluso hoy. A simple vista, puede parecer una historia de aventuras con un héroe intrépido, un científico excéntrico y un capitán malhumorado, pero en el fondo, es una obra con múltiples capas narrativas, giros argumentales complejos y un subtexto geopolítico que difícilmente puede considerarse literatura infantil.
Puede resultar conmovedor imaginar a un padre con su hijo de diez años viendo la actuación de Humphrey Bogart en El halcón maltés. Pero, seamos sinceros, no es una película al alcance del nivel cultural de un niño. Lo mismo me pasa cuando me refiero al thriller político detrás de El asunto Tornasol: el Profesor Tornasol es secuestrado debido a su invención, un arma de ultrasonidos con un inmenso potencial destructivo. El enfrentamiento entre Borduria y Syldavia es una clara alusión a las tensiones de la Guerra Fría, con ambos estados luchando por el control de una tecnología que puede inclinar la balanza del poder mundial. El espionaje, las conspiraciones y la manipulación política son elementos recurrentes en la trama, alejándose de la simpleza narrativa que caracteriza a la literatura infantil.
Por otro lado, probablemente lo primero que llamó mi atención de los dibujos de Tintín son los detalles máximos en los escenarios de fondo. El estilo de Hergé destaca por los detalles arquitectónicos y un realismo que se aleja de la simplicidad de los cómics infantiles. Las ciudades, los vehículos y los uniformes están meticulosamente documentados, dando una sensación de verosimilitud a la historia. La representación de Borduria tiene claras influencias de la iconografía soviética y nazi, desde la vestimenta de los oficiales hasta los símbolos del régimen.
El asunto Tornasol demuestra que Hergé estaba narrando mucho más que una simple aventura: estaba construyendo una historia con múltiples niveles de interpretación, con referencias que solo un lector con cierto bagaje podría apreciar completamente. Tintín fue mi cómic de la infancia, pero su riqueza narrativa lo convierte en una obra que sigue creciendo conmigo con cada nueva lectura.

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