Pienso que reconocen mi cara. No estoy seguro de si mi presencia les parece una agresión o simplemente algo inevitable, como la lluvia. Me acerco a su terreno y les robo. No me atacan. Tal vez no se atreven, pues de su naturaleza no dudo. Aun así, estoy aquí, vestido con mi capucha de malla, y el poliéster y el nylon como una barrera entre su mundo y el mío.
Desprendo el humo que las neutraliza. Se eleva lento. El humo las calma, dicen. Yo no lo creo. Es más como un engaño. Les hace pensar que el fuego está cerca. Entonces llenan su abdomen, como si prepararan una despedida hacia un nuevo hogar. Se vuelven torpes. Sus cuerpos parecen diminutas máquinas defectuosas, trabajando en cámara lenta. Menos propensas a atacarme.
Como decía, soy yo el que les roba y todas ellas saben lo que hago. Les he robado el oro líquido una vez más. Para ellas es todo. Y aquí estoy, mes tras mes, llevándomelo todo. Cada gota es el resultado de su esfuerzo incesante, sin descanso, sin tregua, que yo robo.
Cuando termina mi día vuelvo, muy lejos de ahí, a la misma terraza de mi casa. Puedo ver a una o dos sobrevolar, pero eso no me inmuta. «No van a atacarme», pienso. Y es lo que usualmente pasa, aunque una vez fue mi hija quien sufrió las consecuencias en una pierna. Recuerdo su llanto por horas.
Y así, duermo bien casi todas las noches, pero ayer fue diferente. Esta vez se metieron en mi sueño. Había cera en mis pulmones (me ahogaba), y zumbidos en mis oídos. Todas, absolutamente todas y enojadas, me cubrían como una manta reptante. Quiero decirle a mi hija que la amo. Que odio lo que hago. Ellas también sienten, lo sé. Prometo que devolveré todo. Lo prometo en sueños. Cada gota. Cada gramo. Les prometo que algún día todo estará en su lugar otra vez.
Despierto y vuelvo al campo, vestido de blanco, con el ahumador en una mano y, esta vez, con un remordimiento pasajero. Solo eso.

Deja un comentario