«De todo lo que nos ofrece el mar, el erizo es el que más sabe a mar», le decía Yola. Quizá tenía razón. Con ella en el puesto, los erizos había que pedirlos con un día de anticipación, por el tiempo que le tomaba elegirlos, abrirlos y procesar cada uno. Desde la muerte de Yola, Celestino atendía solo. Ni siquiera había aceptado la ayuda de su cuñado. Lo hacía en un puesto de tres por dos metros. Cada madrugada iba al terminal pesquero a negociar y comprar los productos que luego ofrecía en el mercado de Surquillo. Ahí, acomodaba el hielo sobre mayólicas y bandejas de metal, y sobre ellas los pescados y algunos mariscos. Aquella vez, a las siete ya había clientes esperando, por lo que Celestino se apresuró en tener todo listo.
—¡Por fin! ¿Tienes pejerrey? —le preguntó una señora, la primera clienta del día.
Celestino asintió, levantando apenas una mano en un gesto breve.
—El mejor, casera. Pejerrey de Ancón.
Recordó entonces sus caminatas con Yola en las playas de Ancón y los paseos en bote por el mar de Pucusana. Recordó que ya no ofrecía erizos con la misma frecuencia de antes. Recordó que la extrañaba y la volvió a extrañar.
—¿Me da medio kilito? —agregó la señora.
Celestino se volvió hacia el tablero detrás. El cuchillo en su mano, que tenía poco de ceremonia y mucho de hartazgo, reflejó su mirada y por un instante sus ojos gritaron furia en silencio.
—¿Medio kilo me dijo? —preguntó casi sin girar el cuello.
—Que sea un kilo.
No miró hacia el espacio donde lo esperaban la señora y otras tres personas. Simplemente abrió el cajón, uno de esos cajones viejos de madera de barco pintada de celeste Caribe, y sacó una bolsa de plástico. Su delantal mostraba rastros de sangre marrones y carmesí sobre elementos perlescentes que, por momentos, reflejaban algo de las siluetas de sus clientes. Igual que los ojos vidriosos de los pescados, que miraban en línea recta, los de Celestino permanecían fijos en el suelo.
—¿Y hoy fue buen día en el terminal? —interrumpió la señora.
—De todo, casera. De todo —respondió limpiándose la frente—. No me puedo quejar.
—¿Y cómo podrías quejarte un día como este? —dijo la señora.
Celestino entregó la bolsa sin levantar la mirada. Al moverse, notó junto a la punta de su zapato una gónada, una lengua de erizo todavía pegajosa adherida al piso. No la tocó, tampoco la apartó. Sólo uno de sus extremos permanecía firme sobre el cemento y, mientras vibraba de un lado hacia el otro, la lengua quería hablar y no podía. Fuera del mar, esta vez.

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