El Brillante, fragata de la Carrera de Indias, había encallado a seis millas náuticas del puerto de Biscarrosa. La noche ya enlutaba la muerte de aquellos con menos fortuna. Dos marineros aún se mantenían a flote confiados en que una luz sobre el horizonte, entre la vasta oscuridad, apareciese como su última esperanza. De las muchas dificultades que tenían en su lucha por resistir, bracear y patalear resultaban un reto mayor al de la propia espera del rescate. El oleaje estaba bravo, como si tuviera en sus manos dos únicas habichuelas a punto de lanzarlas a la paila. El capitán del Brillante había tenido entre sus planes fondear con un cargamento de oros y tesoros, a diferencia del Fulgur, el Mater Terra y el Sangre de Tritón, destinados a la conquista más que a los valores, pero que a la fecha no habían aparecido a la vista de tierra, mucho menos llegado a puerto. Ni lo harían.
Aguirre y el cocinero De Tejada flotaban a no más de veinte metros de distancia el uno del otro. Sus historias, aunque simples hasta aquel día —se ponía la noche, en realidad— cabrían luego en no más de tres folios que narraran sus muertes. Y aunque una historia sería más larga que la otra, solo uno de ellos terminó herido durante el naufragio. Hasta aquel momento, más que a su propia existencia, De Tejada se aferraba a los restos de una barrica flotante cuyos aros de hierro expulsaban su tensión.
Mientras, caía la penumbra en un océano que siempre ostentó luz de oro y hegemonía. Oscuridad sin junturas, mar y cielo negros, un solo negro, inmensidad negra, horizonte de color sombra y profundidad infinita. Aún está gris, hay tiempo, pensó Aguirre y luego de ello respondió a un gemido a la distancia:
—¿Quién? —gritó mientras alargaba su voz.
El gemido se repitió, con algunas palabras que no logró entender. ¿Viene de atrás? ¿Es el viento el que desvía esa voz?
—¡Aguirre aquí! —insistió.
—¡Aguirre! Estoy herido… tengo la pierna partida como nuez —se escuchó una voz acercándose al compás del viento.
—¿Liniers?
—¡Es De Tejada! Cocinero de equip… —la voz empezó a alejarse.
Aguirre volteaba de derecha a izquierda sin encontrar el origen de la voz de De Tejada. La delgada línea del horizonte gris empezaba a enceguecer la perspectiva.
—¡Cocinero! ¿Qué ha sucedido con Enríquez y los rancheros?
El mar devolvió una ola que le llenó la boca de agua salada.
—¡Cocinero! —repitió.
—Aguirre, soy yo… quien te servía los garbanzos.
Una nueva ola ondeó ambos cuerpos con un desfase de breves segundos.
—¡Cocinero, aférrate! ¡Aférrate!
—¡Tengo la pierna como una nuez!
Aguirre flotaba boca arriba, sin barrica o bota de roble en su caso. Las voces de ambos se aproximaban y se alejaban, mientras el oleaje, aunque no encrespaba, seguía extendiéndose alrededor. El silencio apareció. Los respiros, profundos primero, luego cortos, respiros que avivaban la espera. Inspiraciones donde todo era ocaso anunciado.
—¡Aguirre! ¡Aguirre!
El sonido de las olas, como un soplido grave que se alargaba aún más con el viento, no lo sacó tampoco de su abstracción. Sin dar muestras de pánico, sin embargo, quizás se preguntaba qué le consultaría al doctor que curaría la herida (¿habría que amputar acaso?), o cómo sacar a la superficie y estirar el brazo libre una vez que llegase el rescate. Sin que nadie, en apariencia, le hubiese respondido a sus últimos llamados, en una ráfaga de energía volvió a acomodar el cuerpo en la mejor posición sobre el objeto de resguardo que lo mantenía a flote, que le permitía, por ahora, esperar aún una respuesta de su contraparte. Aunque el cocinero se aferraba a su barrica sin el mismo convencimiento de cuando lanzaba los cubiletes, sabía del peso de la suerte. A bordo, paradójicamente, le iba bien dándole a los dados.
—No lo lograremos —dijo De Tejada.
En medio del viento, la furia del oleaje y el desaliento, Aguirre recobró la palabra.
—Cocinero, ¿portas algún pañuelo?
—Sí… —una respuesta breve y floja, pues el mar ya empezaba con sus artimañas.
—¡Atiende, cocinero! Aprieta con firmeza sobre la herida.
Solo el susurro del viento le replicó en esta ocasión.
—¡Cocinero! ¡Cocinero!
El oleaje volvió a esparcir su continuidad sobre la boca de Aguirre. Aún flotaba, inspiraba, flotaba, inspiraba. Y tendría que hacerlo por unos minutos más si quería vivir.
El gemido venía ahora desde atrás. Aguirre reanudó sus respuestas dos o tres veces. Lo último que escuchó fueron espasmos y un estertor que parecía provenir del océano mismo. «Cocinero», insistió solo en su mente, mientras luchaba contra el influjo de dos bocanadas involuntarias de mar. En el fondo, sus pies le pesaban, como cuando pisaba la arcilla húmeda de tierra adentro. Y era la propia oscuridad plena la que daba mensajes de una cavidad impostergable, como si la grieta se abriera cada vez más en el calado del mar. Diez años había ayudado Aguirre a desplegar las velas del Brillante y a inclinarlo hacia su ancla, siempre con la ambición de caudales y riquezas. Sin cansancio, con avaricia, había instaurado la oscuridad, incluso donde el sol se ponía, donde fosforecía la vida, negando a su familia con el vino esparcido por labios y cuello, mientras gotas de sudor y alcohol caían desde su cuerpo humedeciendo los pisos de tosca madera de muelles y bares. Con mujeres y otros marineros no era distinto: se mantuvo dedicado a su propia contabilidad. Y casi siempre eran las moscas las que elegían zumbarle a él.
Aguirre empezaba a sentir el peso de las profundidades, y cuando ya todo se inclinaba a mayor tiniebla, en el fondo, en aquel horizonte sin línea, divisó una luz. La marejada lo mecía sin piedad, como esperando el instante final.
—¡Aquí! ¡Hey, aquí! —gritó Aguirre.
La luz se aproximaba y aumentaba su intensidad.
Su respiración se agitó, incluso más que el fluir del oleaje. Hay tiempo, pensó, para esperar hasta que arriben. En uno de los pocos espasmos de resistencia, logró sacar el mentón del agua, estirar el cuello y alargar la vista hacia la distancia, y aunque no podía verlos, imaginó los restos del casco del Brillante en inmersión. Brilla la luz al fondo de ese horizonte sin distinciones, sin divisiones, sin misericordia, panorama tenebroso que solo podía ofrecerme tinieblas, ¡oh muerte! allá me llevan el peso de mis pies y mis memorias, hacia el fondo, hacia lo más profundo de la oscuridad que aparece arriba, abajo, a babor y estribor, la oscuridad plena, el fondo al que voy me espera, al fondo, mis dos hijas y mi mujer, ¿es su hermosura la que acaso me recibe o me despide?, es entonces ese agujero de infinita oscuridad al que voy encallando también, como El Brillante, sin tanto brillo, con la oscuridad del último resto de mi vida, de ahora mi muerte, de mi despedida. El peso se siente aún más profundo, hasta el infinito de las tinieblas, y el abismo del silencio.
Cuando ya todo había acabado, cuando la asfixia continuaba la despedida y daba paso a la última oscuridad, la de la inconsciencia, cuando Aguirre ya empezaba a descender hacia el destino que esperaba, una mano, un brazo y una mano, lo sujetaron del cuello y lo despertaron parcialmente hacia la penumbra de la superficie. Esa otra oscuridad que, aunque tampoco le había entregado esperanzas, en ese preciso momento resultó ser luz de tranquilidad, que ofrecía aún mayor ilusión que el oro y los tesoros de la Carrera de las Indias. Resplandeciente, de verdad, como nunca habían resultado ser las travesías del Brillante.
—¡Vivo! ¡Uno vivo!
Con la cabeza fuera del agua y la asfixia extinguiéndose, Aguirre, en un gesto de resurrección y la más absoluta gratitud por permitirse una única y prolongada inspiración más, volvió a apreciar la noche y, de fondo, tras una nube, la luna que no había brillado instantes previos. En su segunda inspiración, cuando el rostro de su rescatista empezaba a dibujarse entre la penumbra y el desmayo, en ese preciso instante un cañón se posó sobre su frente perlada de luz de luna. Luego, una percusión. Una chispa.
Y a unas pocas brazas, El Brillante terminaba también de sumergirse en una absorbente oscuridad.

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